Las dos comparten tejado, tamaño de panel y hasta el nombre genérico de «placa solar», pero por dentro no tienen casi nada que ver. Es una confusión tan extendida que en Sostenibilidad recibimos la pregunta constantemente: ¿qué diferencia realmente a la energía solar térmica de la fotovoltaica, más allá del «una da calor y otra da luz»?
¿Qué capta exactamente cada tecnología?
La solar térmica no genera electricidad en ningún momento: un colector capta el calor del sol y lo transfiere a un líquido caloportador que circula hasta un depósito, calentando el agua que allí se almacena. La fotovoltaica, en cambio, no busca calor sino radiación: sus células, fabricadas con silicio monocristalino o policristalino, liberan electrones al recibir fotones de luz, generando corriente continua que un inversor transforma en la corriente alterna que usa cualquier electrodoméstico. Son, en esencia, dos máquinas distintas que comparten únicamente la fuente de energía.
¿Por qué la térmica es hasta tres veces más eficiente?
Aquí está el dato que más sorprende y que varias fuentes especializadas del sector confirman de forma independiente: un colector solar térmico puede convertir en calor aprovechable más del 70% de la radiación que recibe, mientras que un panel fotovoltaico convierte en electricidad, de media, entre un 15% y un 24% de esa misma radiación. La térmica gana, y por goleada, si solo se mide el porcentaje de energía aprovechada. Pero esa cifra esconde la verdadera razón por la que la fotovoltaica domina el mercado: esa energía captada por la térmica solo sirve para calentar agua, mientras que la electricidad de un panel fotovoltaico puede alimentar cualquier aparato de la casa. La eficiencia bruta y la utilidad real son, en este caso, dos cosas distintas.
¿Cuánto cuesta cada instalación y en cuánto tiempo se amortiza?
Para una vivienda unifamiliar, una instalación solar térmica pensada solo para agua caliente sanitaria suele costar entre 1.200 y 2.000 euros; si además se quiere cubrir parte de la calefacción, la cifra sube hasta los 6.000-9.000 euros. Una instalación fotovoltaica de autoconsumo típica para el mismo tipo de vivienda, en cambio, ronda los 5.000-8.000 euros, con un plazo de amortización habitual de entre 8 y 9 años según los datos del sector. La térmica es más barata para su propósito concreto, pero la fotovoltaica reparte esa inversión mayor entre todos los usos eléctricos de la casa, no solo el agua caliente.
¿Es obligatorio instalar alguna de las dos?
En España, sí, aunque de forma distinta según el tipo de edificio. El Código Técnico de la Edificación, en su Documento Básico de Ahorro de Energía (sección HE4), obliga a que los edificios nuevos o con rehabilitación integral cubran entre un 30% y un 70% de su demanda de agua caliente sanitaria con energía solar u otra renovable equivalente, según la zona climática; no exige la térmica en exclusiva, ya que una bomba de aerotermia o la biomasa también cumplen el requisito. La sección HE5, por su parte, obliga a instalar una potencia fotovoltaica mínima en edificios de más de 1.000 m² construidos. Y el marco va a estrecharse más: la Directiva europea 2024/1275 obliga a que, como muy tarde el 31 de diciembre de 2026, los edificios públicos y no residenciales de más de 250 m² incorporen generación solar, y a que todos los edificios residenciales de nueva construcción, sin importar su tamaño, lo hagan antes del 31 de diciembre de 2029. El borrador que traslada esto al CTE español lleva meses en trámite y se espera que entre en vigor a lo largo de este año.
¿Cuánto duran? Ni las propias fuentes del sector se ponen de acuerdo
Este es un punto en el que conviene ser especialmente cuidadoso, porque los datos disponibles se contradicen. Fuentes generalistas suelen dar por hecho que un panel solar térmico dura entre 5 y 10 años, frente a los 25-30 años de uno fotovoltaico. Sin embargo, instaladores especializados exclusivamente en energía solar térmica sostienen otra cosa: que el colector en sí, si recibe mantenimiento, dura entre 20 y 25 años, una vida útil muy similar a la de un panel fotovoltaico. La explicación más plausible de esta discrepancia es que la cifra baja (5-10 años) probablemente se refiere a los componentes auxiliares del sistema térmico (la bomba, el depósito o el sistema de control), que sí se degradan antes que el propio colector, y que muchas fuentes generalistas no distinguen entre ambas cosas al dar la cifra. Antes de asumir que la térmica «dura menos» sin matices, vale la pena tener presente que la vida útil real depende de qué pieza del sistema se esté midiendo.
En la práctica, la elección rara vez es una cuestión de qué tecnología es «mejor» en abstracto: la térmica sigue siendo la opción más barata y eficiente si el objetivo es solo el agua caliente, mientras que la fotovoltaica ofrece más margen de uso y encaja mejor con una normativa que, año tras año, empuja con más fuerza hacia la generación eléctrica que hacia el agua caliente solar. Existen también paneles híbridos (PVT) que combinan ambas tecnologías en una sola superficie, aunque su coste y su implantación en España siguen siendo minoritarios.
Algunos datos
- La térmica convierte en calor más del 70% de la radiación que recibe; la fotovoltaica convierte en electricidad entre un 15% y un 24%.
- Una instalación térmica para ACS cuesta entre 1.200 y 2.000 €; una fotovoltaica de autoconsumo, entre 5.000 y 8.000 €, con amortización en 8-9 años.
- El CTE (HE4) obliga a cubrir entre el 30% y el 70% del agua caliente con solar u otra renovable equivalente; el HE5 obliga a instalar fotovoltaica mínima en edificios de más de 1.000 m².
- La Directiva europea 2024/1275 obliga a instalar generación solar en edificios no residenciales >250 m² antes de 2026, y en toda vivienda nueva antes de 2029.
- Las fuentes discrepan sobre la vida útil de la térmica (5-10 años frente a 20-25): la cifra baja probablemente mide los componentes auxiliares, no el colector.
